El Espectador Austral / La crisis y el vino (I)
una reflexión sobre la crisis global y el vino
La crisis y el vino (I)
En una de sus raras entrevistas, hace ya unos años, el winemaker Nicolás Catena dijo al diario La Nación que durante las crisis se bebía más y no menos vino. Sin duda se refería a la Argentina y a los vinos argentinos. Pero esta afirmación (que podríamos llamar Hipótesis o Teorema de Catena) me parece un buen punto de partida para algunas reflexiones sobre el vino y la crisis económica global.
Me sorprende mucho que muchos, incluso profesionales de la economía y las finanzas, hayan sido sorprendidos por la catástrofe financiera provocada por las hipotecas alegres y los bizarros futuros y derivados; sin saber nada de economía, hace varios años que vengo profetizando en voz alta (tengo testigos) que esto sucedería un día por una razón moral, una geométrica y otra física. La primera es que todas las lacras de la humanidad contienen la semilla de su propia destrucción, la segunda es que nada de lo humano puede crecer al infinito y la tercera es que, como queda demostrado, el Segundo Principio de la Termodinámica vale también para las finanzas: los “amos del universo” en Wall Street quisieron inventar el perpetuum mobile del dinero.
El vino está en el mundo y si el mundo está en crisis lo está también el vino. Sin embargo, como pocas otras producciones humanas el vino posee una fuerza interior que le asegura la supervivencia: es de aquellas actividades laicas bíblicas que conocen crisis y catástrofes desde hace milenios, lo que no obstó a su progreso. Véase en este mismo blog La Biblia, el vino y la crisis para algunas referencias.
El vino sobrevivirá y prosperará porque los elaboradores de vino, a diferencia de los fabricantes de prácticamente todas las otras cosas que nos rodean, viven desde que el mundo es mundo en un estado de crisis permanente. No hay vitivinicultura sin crisis: en su raíz etimológica griega, crisis significa “juzgar, decidir” y por extensión, “momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes” -algo que el vitivinicultor desde la noche de los tiempos hace habitualmente cada año.
Las desfermentaciones del mosto y lunas del vino, el clima y todos sus posibles azotes, las pestes, el ganado ajeno, el malgobierno, las invasiones y guerras, la sobreproducción, las carestías, la inflación y los conflictos laborales existen desde los antiguos Israel, Grecia, Etruria y Roma, mucho antes que Francia y sus cinco repúblicas. Si la vid y el vino sobrevivieron a las iras de Yavé o de Zeus, Marte, Plutón, Neptuno y Mercurio combinados es porque el dios pagano que los ampara, Dionisio o Baco, “simboliza la vida en toda su plenitud…y la fecundidad de la Naturaleza”. Porque el vino es la vida y la vida es crisis y así, mientras haya vida en la Tierra habrá vinos…y crisis. La crisis es el vino y el vino es la crisis: sin crisis no es posible viticultivar y vinificar, aunque sí es posible fabricar zapatos, gaseosas o automóviles.
Cada sorbo de vino bueno o malo es por definición y naturaleza un trago de crisis resuelta mejor o peor desde la escala unicelular a la humana y la astronómica, es un jugo de “juzgares y decidires” que cada año el vitivinicultor propone al bebedor, un concentrado líquido y alcohólico de libertad y vida, en crisis. Un regalo de los dioses, de esas cosas que se aprecian tanto más en la escasez que en la abundancia.
Diego Bigongiari
















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