Con una copa de más: el pene viajero de Rasputin

En este primer envío reporto la nota a pie de página más surrealista y sin embargo histórica que leí jamás, en un libro de final tan triste que me costó terminar de leerlo.

 

Al final de la página 806 de Los Románov, de Simon Seebag Montefiore (Crítica,  2017) dice: “Se han comprado y vendido muchos penes de Rasputin, ninguno de ellos auténtico”. Es la conclusión de una nota que explica lo que ocurrió con el cadáver de Rasputin en el parque de la residencia zarista de Tsárkoye Selo en marzo de 1917, cuando la familia imperial estaba ya en poder de los revolucionarios que todavía eran soldados, no los matones bolcheviques que los fusilaron cuatro meses después en el sótano de una residencia en Ekaterinemburgo demolida por Boris Yeltsin para construir una iglesia. En Tsárkoye, los soldados desenterraron y despedazaron el cadáver de Rasputin que, tras su chapucero asesinato por cortesanos al final no incriminados, arrojaron al Pequeño Nevá donde buzos policiales lo encontraron congelado el 19 de diciembre. La autopsia indicó que había muerto de un disparo en la frente, no ahogado ni envenenado. Dos días después, la familia imperial recibió los despojos del amado santurrón en la iglesia de Tsárkoye Selo, hubo una ceremonia y lo enterraron en el parque. Pero el mítico pene del starets odiado por todos menos los zares y algunas locas cortesanas, desapareció. El libro de Seebag Montefiore menciona varias conquistas que se atribuyen a ese falo (incluida la zarina alemana) que aunque maloliente, sucio y barbudo como campesino libre siberiano que era no fue más que mirador y tocador de aristócratas. También dice, tras la autopsia, que el pene de marras no era descomunal pero tenía una enorme verruga en lugar adecuado.

Intrigado por esa nota y las frases del libro, en la web en inglés encontré que en San Petersburgo hay un luminoso y comercial museo erótico que exhibe en formol un artefacto enorme (unos 30 cm) que sería el pene de Rasputin. De lo que no se supo nada hasta que apareció uno en Paris en los Años Locos donde unas aristócratas rusas exiliadas lo veneraron, conservado en una caja de madera. Pero una de las dos hijas de Rasputin lo  recuperó y conservó hasta su muerte en California a fines de los 70. A mediados de los 90 el pene R volvió a aparecer en manos de un coleccionista de antigüedades que lo compró y vendió a sendas casas: era un pepino de mar deshidratado. El museo dice haber comprado en ocho mil dólares el auténtico pene del starets que exhibe: hay fotos en la web. ¿No es enmudecedor? Hay gente que paga ya no por comprar un fragmento o el todo sino por ver el supuesto pene de Rasputin. Hay mucho mono y mona sueltos todavía, dentro nuestro.

D.B.

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