Los grandes bebedores de la historia

Hay un sitio (https://lordsofthedrinks.com) que recomiendo a quienes lean inglés: está dedicado a los alcólatras (como se dice en portugués) con cantidad y variedad de artículos interesantes. Uno de ellos es drunks-that-made-world-history (borrachines que hicieron historia) y comienza diciendo “a menudo se piensa o dice que los grandes bebedores no contribuyen nada a la sociedad. Bueno, creemos que lo contrario es la verdad. Algunos de los más grandes mujeres y hombres de la historia mundial tomaron como una misión diaria quedar completamente ebrios (…) sólo piensen lo que la historia y existencia presente de la humanidad hubiera sido sin estos borrachines”. Y cita una larga lista de famosos. Entre los músicos Bach, Beethoven, Tchaikovski, Sibelius, Sinatra, Hendrix y Jim Morrison. Entre los poetas y escritores Byron, Dickens, Twain,  Dostoievsky, Poe, Pushkin, Faulkner, Hemingway, Bukowski y Stephen King y se olvidan de Baudelaire, Dylan Thomas y varios otros. Entre los pintores Van Gogh, Paul Gauguin y Pablo Picasso y también faltan muchos otros. Entre los grandes líderes y políticos Churchill (de quien alguien dijo “bebía demasiado para ser un alcóholico”), Atatürk, Franklin, Václav Havel, Pedro El Grande, el general Grant y Alejandro Magno. Y otros como Magallanes, Nikola Tesla, Yuri Gagarin y Orson Welles. La lista parecería confirmar aquello que decía ese otro gran bebedor Karl Marx (“no confíen en una persona que no ama el vino”) porque los malos bichos de la lista son pocos: Nerón, Tiberio y Rasputín. Se incluye a Stalin, pero éste criminal cuando invitaba con vodka a sus camaradas él bebía agua simulando brindar con vodka, para mantenerse frío y lúcido mientras los demás se emborrachaban. El mayor asesino de masas de la historia humana, Mao Zedong, hasta donde se sabe era casi abstemio. Hitler y Mussolini eran también abstemios y sólo bebían una copa por cuestiones protocolares. Se lee por ahí que a Pol Pot, Ceausescu, Khaddafy, Mugabe y Castro bebían alcohol pero probablemente no tanto como los genios arriba mencionados. Y en todo caso a esos malos bichos debía gustarles más el trago fuerte que el buen y delicado vino, que torna (o debería tornar) más humanas y sapientes a las personas, además de creativas.

Creo que el sicópata (como son los grandes criminales políticos) no puede amar al vino por dos razones: el buen vino, para justipreciarlo, demanda a quien lo bebe una generosa empatía similar a la necesaria para entender y apreciar a las personas. Y los sicópatas carecen de empatía, no les importa nada del otro. Además, el buen vino entra en sangre siempre revalidando aquél viejo dicho latino “in vino veritas”: quien se embriaga con un buen vino lo hace, al menos en mi experiencia empírica personal, de una forma muy distinta al de cualquier otra bebida alcóholica. Hay un tiempo, modo, volúmenes y texturas en el buen vino que hacen más difícil esa borrachera zonza del exceso de cerveza o destilados. El sicópata que quiera emborracharse para asesinar más fácilmente lo hará con un fuerte destilado que con un pausado vino. Hay un punto en que el alimenticio vino te llena y dice “ya está”. Debe ser por eso que en los países donde se bebe vino hay menos alcoholismo que en aquellos donde se beben cerveza y destilados. En todo caso, demasiados grandes seres humanos amaron al vino tanto (hasta el exceso) como para considerarlo perjudicial sino para la salud del individuo, para la salud de la humanidad.

D.B.

Bach
Beethoven
Byron
Dostoievsky
Franklin
Gaugin
Marx
Poe
Tchaikovsky
Twain

 

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